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VIRGEN DE GUADALUPE …

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Por Claudio Turco Cherep

Estoy en un banco de la Plaza de Armas de la ciudad de Nazca. Tengo un helado colorido de lúcuma y maracumango, que se derrite ante la impiedad del sol. Al fondo de una calle donde los vendedores arracimados vocean bondades de sus mercancías se deja ver el Cerro Blanco, lejano y borroso, porque es una duna gigante y el viento caliente levanta la arena. El calor chorrea desde la montaña hacia el cemento del centro. Enfrente se levanta la Iglesia de Santiago Apóstol, una construcción de la década del 40 del siglo pasado que, como mucho de este lugar histórico del Perú, fue reconstruida después de un terremoto. Sobre el frente del edificio, hay un cartel que conmemora a la patrona del lugar: la Virgen de Guadalupe.

Apuro el helado mientras recuerdo el corto que produjo la Universidad Católica de Santa Fe con la historia de la devoción a esa virgen, que data de 1700. Como allá, el mediodía quema. Como allá, pero a 3 mil kilómetros, la virgen de Guadalupe es la Santa Patrona del lugar. No fue así siempre, dice una chola que habla bajito. Cuenta que antes de 1810, en los tiempos de la colonia, el patrono religioso fue Santiago. Hasta que un día –y esto ya es parte de la leyenda del lugar- un pastor encontró una caja de madera semi enterrada en la arena, a un costado de la Bahía de San Nicolás. Dicen que había pertenecido a un galeón español que encalló en el mar. Y que ahí mismo había una imagen de la Virgen de Guadalupe.

El cajón no era de arriar. Miguelín, el pastor, buscó ayuda en la zona. Llegó gente de Chala, de Ica, de Yauca, para poder desenterrar a María pero los médanos hicieron el trabajo infructuoso. Solamente los vecinos de Nazca pudieron cumplir la misión. Llevaron mulas guapas y se fueron hacia la arena tupida. El fray Sotil comandó la expedición que rehízo el camino varios días después con el objetivo cumplido. La épica también dice que una mula exhausta que traía a la Virgen, se sentó a un costado de la plaza, primero las patas delanteras, luego el resto del cuerpo, para no dañar el recado. En ese mismo sitio, unos años después, se construyó el templo para adorarla.

Desde entonces, cada 8 de septiembre, el pueblo de Nazca, el de los jeroglifos, las líneas, la arqueología a cada paso, homenajea a la Virgen de Guadalupe, patrona de la ciudad. Como en Santa Fe, hay una procesión multitudinaria. La chola dijo demasiado para lo que acostumbra un pueblo silencioso. Pienso que no soy creyente, aun cuando la peligrosidad de la ruta que nos trajo hasta aquí hubiera ameritado invocar a algún Dios. Pero eso sí, en el vidrio de la camioneta tengo una foto del Gauchito Gil que me regaló un amigo antes de partir. Atraído por la historia olvido el helado que hace un enchastre sobre estas manos que ahora embadurnan el teclado. La chola se pierde por la calle María Reiche. Y el de chocolate y dulce de leche es mejor que el de lúcuma y maracumango.

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